¿Qué rol cumplirán las Billeteras Digitales en la era agéntica?

Ricardo Alfaro Ricardo Alfaro

Hombre cocinando, pidiendo a un asistente que haga su compra del supermercado.

Hombre cocinando, pidiendo a un asistente que haga su compra del supermercado.

Ayer estaba cocinando y justo se me acabó el arroz y el aceite de oliva. Además, quedaba poco lavaloza. Mientras decidía si pedir un delivery o no, me puse a pensar en cómo se verá esta misma situación en un par de años.

Imaginé decirle a mi asistente de voz: “Oye, se me acabó el arroz, el aceite de oliva y el lavaloza. Los necesito urgente”. Esta última palabra sería el detonante para que el asistente activara un agente de compras, que ingresaría al supermercado, buscaría los productos, revisaría su disponibilidad y ejecutaría el pago utilizando una cuenta que yo habría autorizado previamente para este tipo de reposiciones.

Menos de una hora después, los productos estarían en la puerta de mi casa. Sin pasar por un checkout, sin confirmar el monto, sin hacer ningún clic y sin haber “pagado” nada en el sentido en que hoy entendemos esa acción.

Todavía no vivimos esa realidad a esa escala. Sin embargo, hace unas semanas Visa anunció que más de treinta emisores europeos completaron compras reales iniciadas por agentes de inteligencia artificial (IA), utilizando comercios, tarjetas e infraestructura de pago existentes.

Mientras leía esa noticia, estaba trabajando en un nuevo estudio sobre billeteras digitales. Ahí me surgió la pregunta que terminó convirtiéndose en la idea central de este artículo: si un agente va a comprar el arroz por mí, alguien tendrá que administrar el mandato que defina qué puede hacer, con qué dinero puede operar y bajo qué condiciones.

 

Del Click to Pay al Decide to Pay

El Fondo Monetario Internacional (FMI) le puso nombre a este cambio en abril, enuna nota firmada por Sonja Davidovic y Hervé Tourpe: el paso desde transacciones iniciadas explícitamente por una persona (click to pay) hacia procesos de decisión mediados por máquinas (decide to pay).

La premisa que se rompe es antigua y hasta ahora estable: detrás de cada transacción había una persona tomando la decisión de pagar. En un entorno agéntico, esa relación deja de existir como tal y se vuelve indirecta. El usuario define un objetivo general y el agente resuelve después el cuándo, el dónde y el cómo.

El informe destaca un punto que, a mi juicio, está en el centro de esta transformación. Los modelos de IA operan de manera probabilística: interpretan objetivos, exploran alternativas y eligen la opción que consideran más adecuada. La infraestructura de pagos, en cambio, funciona de manera determinista, con reglas verificables, certeza legal y responsabilidades claramente definidas.

 

Por eso, la recomendación del FMI es mantener esa frontera. La inteligencia puede estar en el agente, pero el corazón del sistema de pagos debe seguir siendo, deliberadamente, “tonto”.

 

Esa preocupación también aparece en un artículo publicado por TechRadar, donde se advierte que la carrera por el comercio agéntico corre el riesgo de repetir algunos de los mayores errores del comercio electrónico tradicional si no aprende de esa experiencia.

 

Llevado al ejemplo de mi cocina, el agente puede decidir entre un arroz marca X o marca Y. Pero solo podrá completar la compra si su decisión respeta un conjunto de reglas previamente definidas. Si se sale de ese perímetro, la compra simplemente no ocurre.

Eso también cambia el rol del comercio. Si quien llega a comprar es un agente, el checkout deja de ser una interfaz diseñada para que una persona complete formularios y se convierte en una conversación entre sistemas. Durante años, la optimización de la conversión partía de la premisa de que al otro lado siempre había un ser humano navegando.


 

Del consentimiento al mandato

Hoy autorizamos aplicaciones, billeteras e iniciadores de pago. Definimos qué información puede leer un tercero y qué operaciones puede iniciar en nuestro nombre. En otras palabras, el consentimiento abre una puerta.

Con un agente, ese modelo ya no es suficiente. Ya no ejecuta una instrucción específica, sino que interpreta un objetivo y toma decisiones dentro de un rango previamente definido. Eso se parece mucho más a un mandato: una autorización con límites claros, revocable y acotada a determinadas condiciones.

 

La diferencia es relevante. Un mandato no consiste en aprobar cada compra, sino en establecer las reglas bajo las cuales el agente puede actuar. Por ejemplo: “Puedes pagar mis cuentas básicas, pero avísame si alguna sube más de un 20%” o “Puedes hacer la compra habitual del supermercado, pero no reemplaces un producto por otro más caro sin mi autorización”.

Lo interesante es que la industria llegó a una conclusión similar. Google presentó en septiembre de 2025 el protocolo abierto AP2, desarrollado junto a más de sesenta organizaciones, que estructura cada compra en tres mandatos firmados criptográficamente: uno registra la intención del usuario, otro define el carrito construido por el agente y un tercero autoriza el cobro.

Mastercard siguió un camino distinto con Verifiable Intent, desarrollado junto a Google. Este modelo vincula la identidad del usuario, su intención de compra y la acción que finalmente se ejecuta. Además, distingue las autorizaciones que necesita la red de pagos de las que necesita el comercio durante el proceso de compra.

Visa, por su parte, introduce Trusted Agent Protocol, donde exige que los proveedores de pagos agénticos estén registrados en su red y puedan demostrar una cadena de autorización verificable.

Simulación de la configuración de un agente de compras en una billetera digital.

Simulación de la configuración de un agente de compras en una billetera digital.

El mandato digital, por lo tanto, ya no es solo una idea. Existen especificaciones técnicas, estándares impulsados por la industria y operaciones reales que lo respaldan. Lo que todavía no tiene un dueño claro es la experiencia desde la cual las personas configurarán, administrarán y revocarán esos mandatos.


 

Dónde vive el mandato

Aquí surge una paradoja que vale la pena mirar de frente: mientras menos visible se vuelve el pago, más importante es la capa que lo gobierna.

Cuando una persona confirma cada transacción, ese momento funciona como el principal punto de control: revisa el monto, el comercio y el momento antes de autorizar. Pero cuando delega cientos de decisiones al año en un agente, el control deja de estar en cada pago y pasa a estar en el mandato. La experiencia se vuelve invisible; la gobernanza, no.

Ahí aparece mi hipótesis. Hoy las billeteras son el lugar donde administramos medios de pago como tarjetas, pero mañana podrían convertirse en el lugar donde administremos nuestros agentes. No porque sean las únicas capaces de hacerlo, sino porque ya reúnen gran parte de las capacidades que un mandato necesita: conocen la identidad del usuario (KYC), custodian sus instrumentos de pago, gestionan la biometría, aplican reglas de riesgo y permiten revocar permisos.

No es una predicción esotérica ni una intuición. La propia arquitectura de Verifiable Intent de Mastercard sitúa a la billetera en un rol central. Es ahí donde el usuario otorga el consentimiento y desde donde se entrega al agente una credencial temporal para operar, sin exponer el número real de la tarjeta.

De esa arquitectura surge un requisito de producto que parece simple, pero no lo es: debería ser posible revocar el permiso de un agente sin tener que reemplazar la tarjeta asociada. Si para quitarle autoridad a mi agente de compras necesito solicitar un nuevo plástico, la delegación deja de ser administrable.

Varias billeteras ya permiten crear “bolsillos” para organizar el dinero en distintas categorías, como vacaciones, emergencias o gastos del hogar. Hoy funcionan como espacios para separar fondos, pero mañana podrían convertirse en mandatos asociados con presupuestos mensuales, comercios autorizados y reglas de confirmación para ciertos montos.

Y hay otra decisión igual de relevante. Un mandato no solo define qué puede comprar un agente, sino también con qué instrumento puede pagar. Quien administre esa configuración terminará influyendo en el riel por el que pasan los gastos recurrentes de un hogar, muchas veces sin que el usuario vuelva a tomar una decisión consciente.

Diagrama prototipo de la delegación de mandatos a un agente de IA.

Diagrama prototipo de la delegación de mandatos a un agente de IA.

También existe el escenario opuesto: si un agente solo puede operar dentro de la billetera de un banco específico, la delegación podría transformarse en una nueva forma de encierro (walled garden).

Nada de esto deja fuera a las redes ni a los emisores. La billetera administraría los permisos del agente, mientras que el emisor seguiría validando aspectos como el saldo disponible, el fraude y el cumplimiento regulatorio.

La pregunta más difícil, sin embargo, no es técnica, sino legal. Nydia Remolina propone un test de autorización delegada acotada, según el cual un pago que excede las restricciones del mandato debe tratarse legalmente como no autorizado, con la obligación de reembolso que eso implica.

 

La ventaja de Chile

En mercados con baja bancarización, el valor de una billetera digital es evidente. Funciona como la puerta de entrada al sistema financiero para quienes nunca han tenido una cuenta, y esa sola promesa alcanza para construir un negocio.

Chile parte desde un escenario distinto. Entre la CuentaRut, la alta penetración del débito y un sistema de transferencias consolidado, masivo y de bajo costo, la mayoría de las personas ya forma parte del sistema. En ese contexto, una billetera que llega ofreciendo únicamente “acceso” responde a una necesidad que, en gran medida, ya está resuelta. Eso ha llevado a las billeteras locales a competir sobre una infraestructura bancaria que funciona razonablemente bien y con márgenes cada vez más estrechos.

Pero esa misma infraestructura abre una oportunidad que buena parte de la discusión sobre pagos agénticos todavía parece pasar por algo.

Hasta ahora, casi todos los ejemplos asumen que el agente paga con tarjeta. En un país donde predominan las transferencias electrónicas, lo más probable es que este también opere mediante un esquema cuenta a cuenta (A2A).

Ahí el desafío cambia. Los pagos A2A requieren autenticación reforzada del usuario: biometría, doble factor de autenticación (2FA) o confirmación explícita desde la aplicación del banco. Si el agente necesita que el usuario intervenga para autorizar cada transferencia, la autonomía desaparece.

 

La respuesta vuelve a ser el mandato. Es decir, una autorización previa que permita al agente ejecutar transferencias bajo condiciones definidas, como montos máximos, comercios autorizados o periodos de vigencia, y que el banco pueda verificar antes de mover el dinero.

Brasil ya avanzó en esa dirección con los pagos programados de PIX, India con Autopay en UPI y Europa está discutiendo mecanismos similares en su próxima regulación.

La diferencia es que, en el mundo de las tarjetas, existen redes globales que están estandarizando la forma de verificar esos mandatos. En los pagos cuenta a cuenta, en cambio, todavía no existe un estándar equivalente. Cada esquema local deberá resolverlo por su cuenta, con el riesgo de generar mayor fragmentación.

Ahí vuelve a aparecer el rol de las billeteras. La que logre administrar mandatos sobre ambos rieles tendrá una ventaja evidente frente a la que opere solo sobre uno. Mi agente no tendría por qué saber si la operación se realiza con tarjeta o mediante una transferencia. Simplemente contaría con una autorización para pagar, mientras la billetera elegiría el riel más conveniente según el contexto.

 

En un mercado como el chileno, donde las transferencias son masivas y continúan evolucionando para competir con las tarjetas en el comercio, esa capacidad de orquestación deja de ser un detalle técnico y pasa a convertirse en una ventaja estratégica.

No sé si será exactamente la evolución que veremos, ni tampoco si serán las billeteras, los bancos, las redes o las propias plataformas de IA quienes terminarán administrando estos mandatos. Lo que sí tengo claro es que esa capa ya se está construyendo, con especificaciones abiertas, reglas de red y operaciones reales.

La era de los pagos agénticos ya comenzó. La pregunta es quién administrará la autonomía financiera que decidamos delegar a la IA. Y, más importante aún, quién está construyendo hoy la capacidad para sostener ese mandato.

 

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